De Ignacio Vicuña, Para CRTV CHILE, Holding de                                                              Comunicaciones.(Revista Golf Swing)

                                            Cuando el Mito Ya no es un Mito.

El torneo fue lento. Tedioso. Mucha gente. En el cuarto jugamos pésimo. El almuerzo, bastante bueno. Y los vecinos de mesa, absolutamente embebidos en sus éxitos, comentando de viva voz -y con no menor prepotencia- sus aciertos en la cancha.La verdad, era cómico verlos y no tanto escucharlos.Aunque ninguno de ellos era o tenía origen italiano, estaban perturbando la vecindad con sus grandes gesticulaciones, algunas risas algo falsas y, lo peor, se les había pasado la mano con el mosto, lo que explicaría el permanente optimismo con que recordaban su desempeño en el campo de golf, en circunstancias de que ninguno de ellos figuraba en el tablero de los ganadores.Si no fuera porque uno mismo ha protagonizado sin darse cuenta escenas parecidas, ameritaba llamarles la atención. Pero aquello no fue necesario porque uno de ellos -el de más edad- se puso de pie, levantó la copa de vino en su mano derecha y exclamó con total autoridad, como si hubiese recibido consenso generalizado de la concurrencia:–¡Hagamos un brindis por el golf!Sus palabras no encontraron eco porque todo el mundo estaba enfrascado en su propia experiencia recién pasada y disfrutando de una digestión que comenzaba a surtir efecto, ya que muchos de los comensales mostraban un rostro de expresión algo soñolienta.–¡Hagamos un brindis por el golf! -volvió a insistir el hombre, ya algo molesto porque su primer intento fue algo así como piñizcar vidrios, sin resultado alguno.

            Uno de mis partners de mesa -quien era socio de dicho club- me advirtió que no debía extrañarme si estuviéramos a punto de presenciar un escándalo porque Eugenio, el señor del brindis, no iba a tranzar quedar plantado en el vacío.–¡Hagamos un…! -no alcanzó a repetir su petición completa porque un joven de su mesa -al parecer, el hijo- lo obligó a sentarse, tirándolo de la polera que sobresalía de su pantalón.De pronto, alguien de más allá -era el capitán del club- al percatarse de las intenciones de aquel anciano, batió palmas con vigor y pidió en voz alta un minuto de atención y silencio–Amigos…don Eugenio quiere decirles unas palabras.Pero nadie le escucha. Todos siguen embebidos en su torre de marfil, contándose las aventuras de la mañana, que son las mismas del encuentro anterior y no tendrán variación alguna en el próximo almuerzo.

–Amigos, les ruego su atención…Finalmente, el capitán logró parte de su cometido y muchos rostros salieron del ensimismamiento en que se hallaban y volcaron sus ojos hacia aquel golfista de la cuarta edad que necesitaba imperiosamente decir algo.Y allí se inició un extraño discurso, entre coloquial y nervioso, como que se le olvidaban a aquel hombre algunas palabras y se le confundían las ideas pero que, en síntesis y luego de que poco a poco fuera perdiendo el interés de los comensales, daba la impresión de que se hablaba sólo a sí mismo.